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LOS DERECHOS HUMANOS ENTRE LA VOLUNTAD LEGISLATIVA Y LA VOLUNTAD DE LAS POLITICAS CONCRETAS

  por por Fernando Tenorio Tagle, Profesor Investigador de la Universidad Autónoma de Tlaxcala

En un trabajo, ya no tan reciente, llegué a la conclusión de que las instituciones derivadas del ámbito penal punitivo representan la fuerza que sostiene al pacto político real el que está encubierto por el pacto constitucional.

1 La noble mentira

 

En un trabajo, ya no tan reciente, llegué a la conclusión de que las instituciones derivadas del ámbito penal punitivo representan la fuerza que sostiene al pacto político real el que está encubierto por el pacto constitucional. (2015). Semejante conclusión se desprende de la muy difundida dicotomía construida en el campo sociológico por Robert Merton distinguiendo las funciones manifiestas de las funciones latentes (1980), previamente descubiertas por Sigmund Freud especialmente en su Psicología de las masas (2017). Se entiende en consecuencia, que las funciones manifiestas se refieren a los objetivos que las instancias sociales declaran perseguir y se constituyen por ello en sus justificaciones, aunque semejantes objetivos no se concreten; en cambio las funciones latentes permanecen ocultas, sin declararse, pero se concretan en la praxis de las instituciones. De hecho, las razones reales que dan lugar a las instituciones y sus ulteriores transformaciones, se encuentran en estas funciones. Ciertamente las funciones latentes estarán siempre encubiertas por las manifiestas.

A este respecto y sólo como ejemplo, Dario Melossi analizando el desarrollo de la democracia en la Unión Americana afirma: “En el corazón cultural de Estados Unidos –aún hoy, a mi criterio, afirma Melossi, el protestantismo de la Nueva Inglaterra, más allá de lo que nos digan los representantes de las modas actuales del postmodernismo y del multiculturalismo- no había lugar para la indulgencia desorientadora, autoritaria y profundamente conservadora de la tradición católica. Acertado o errado, blanco o negro: quien se encuentra o se percibe que se encuentra del lado equivocado de la ley, será castigado. Y aún quien infringe la ley pero es poderoso (económica, étnica, racial, cultural o políticamente) podrá permitirse un uso pleno de las garantías que un sistema jurídico democrático le confiere –podrá comprarse, por decirlo de alguna manera, todo el stock de garantías disponibles en el mercado”(1997). En este sentido, puede evidenciarse que aún cuando las reglas jurídicas se muestran dirigidas para todos, representan únicamente un pretexto para intervenir en el tejido social y gobernar a quienes han sido construidos como “la otredad”.

En realidad, como recuerda Eligio Resta, cualquier idea de orden es artificial en el sentido que ésta deriva de la auctoritas y no de la veritas (1984. Pág. 45). Es en efecto la apuesta de Trasimaco en los diálogos platónicos de identificar a la justicia como instrumento de quien tiene mayor fuerza. Sin embargo, como afirma Resta, “Es Platón que explica cómo en la <>, el concepto de fuerza que se impugna a Trasimaco, deba ser sustituido por una noble mentira que cautive a todos” (Op. Cit. Pág. 46). Como es evidente, esa noble mentira mutará en las reflexiones modernas como función manifiesta que encubre la fuerza apelada por Trasimaco en todas sus posibles manifestaciones; de ahí que Walter Benjamin nos haga comprender que la violencia estará siempre presente al ser el poder que crea al orden y convertirse en aquel poder que lo conserva (1995). En efecto esas nobles mentiras inician con el politeísmo que transitó hacia el monoteísmo que todavía nos habita a pesar de acuñarse la moderna frase: “Dios ha muerto” y generaron reyes, emperadores y otras categorías afines que produjeron esclavitud y férreos sistemas de castas los que, aunque relajados en la actualidad, son signados como clase baja, media y alta en términos económicos y por lo mismo, para la inmensa pobreza extrema, especialmente en el Sur, ya no es posible utilizar la categoría de marginación puesto que se encuentran del otro lado del margen.

 

2 La Modernidad y sus relatos

 

La Modernidad nace con los órdenes propuestos por las revoluciones norteamericana y francesa del siglo XVIII y el ícono en nuestros temas es la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano la que, en la actualidad, forma parte del Derecho Internacional de los derechos humanos, particularmente de los firmantes de la Convención Americana de Derechos Humanos. En opinión generalizada representa el inicio de lo que conocemos como Derechos Humanos aunque encubre diversas cuestiones negativas; por una parte, la palabra hombre, en ese inicio, no necesariamente debe tomarse como género humano sino como sujeto masculino y más radicalmente si se considera a la ciudadanía sólo aplicable a los hombres y que representó la metamorfosis de nuestra inicial zona de indistinción: cultura – natura como urbanidad – ruralidad. En este sentido, el ciudadano es el usufructuario de la ciudad, esto es, el habitante de los burgos y por ello la denominación de Burguesía, pero esta clase social, si así se desea mencionarla, por muchos recursos económicos que hubiera acumulado, no era posible que ascendiera a la cúspide de la estratificación social representada por la aristocracia. En consecuencia, utilizó el pensamiento, hoy conocido como humanismo, uniéndose a la plebe y derrocar al llamado en Europa como antiguo régimen. De este modo, esa Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano representó la Declaración de los derechos de la ascendente burguesía, esto es, una declaración que configuraba una noble mentira que pudo cautivar a todos.

Así vino a ocupar en la escena política el liberalismo que daría lugar al inicial contexto republicano y por ello el Estado vino a denominarse “Estado Liberal Guardián”; empero la categoría clave para el desarrollo de las libertades tan deseadas fue la igualdad formal, un buen avance en el territorio del humanismo el que, al menos en la enunciación, vino a conjurar diversas formas de exclusión social. Esa igualdad formal a partir de la cual se constata que no somos iguales, aparece como el único contexto que puede posibilitar las libertades: no únicamente se refiere a la exigencia de recibir un trato igualitario frente a la ley sino al derecho a ser diferente, cuestión mucho mas puntual en el ámbito de la justicia penal, como enseguida se acreditará.

En efecto, particularmente este principio republicano, vino a significar por primera vez en la historia de cualquier cultura asentada en el planeta, lo que conocemos como derecho penal de acto, es decir reaccionar en contra de las personas por el resultado de sus actos y no por lo que son, que constituía el derecho penal de autor premoderno el que, un siglo después reaparecería por la hegemonía de la filosofía positiva. Se debe a Immanuel Kant aproximarse modernamente a la categoría de “Dignidad Humana”. Quizás el principio más difundido sea aquel de no apreciar a alguien como medio sino sólo como fin en sí mismo. No obstante, al aproximarse a la Dignidad Humana, considera que su contenido no puede ser otro que la libertad. De este modo diversos segmentos sociales como la infancia los psiquiátricamente inimputables y también la mujer, quedaban excluidos de esa dignidad. 

Así las cosas, el Estado Liberal Guardián tenía como principal función ser custodio de las libertades del nuevo soberano, el ciudadano (en realidad, la burguesía), y sólo podría intervenir, declarativamente hablando, cuando en el ejercicio de las libertades se alguien violentara el orden, es decir, en el campo penal, cuyo sistema, insisto, es la fuerza que sostiene al pacto político real. Y aún más, a partir de la Ley victoriana de inicios del siglo XIX, suficientemente conocida como “less eligibility”, que es el principio que rige en toda cárcel, la pena que sustituyó a las penas premodernas basadas en la explotación del trabajo recluso, como lo afirma Emiro Sandoval Huertas (1998) y que significa que “la cárcel debe ser peor que el peor lugar en libertad”, esto es, el territorio de la pobreza lo que entonces implicó que sus miembros sean vistos como sujetos proclives a delinquir y, por consiguiente, necesitados de la disciplina de la que habla Michel Foucault (1990).

Este inicial liberalismo, que en opinión de Rosa del Olmo (1975) implicó que circulara libremente por los territorios nacionales la mercancía y la mano de obra, significó dejar el comando social en el privado, evidenciándose que la burguesía mandaba y los políticos obedecían, como Raúl Zaffaroni lo aprecia en los tiempos actuales a los que denomina los tiempos del totalitarismo financiero (2017). 

Por otra parte, la Modernidad nace al abandonar como fundamento a las instancias sobrenaturales y apelando a la naturaleza de las cosas; tómese en cuenta la apreciación que hace a este respecto Juan Bustos Ramírez (1984) al considerar como contenido del Derecho penal subjetivo al Contrato Social de Juan Jacobo Roseau, especialmente en el parágrafo que indica: “El hombre se ha unido gracias a su originaria y natural libertad” que da, en consecuencia, los principios de igualdad, libertad y fraternidad. No obstante, en mérito de Augusto Comte vendría a aparecer la filosofía positiva con la que argüía que las prácticas sociales se regían por los mismos principios de las ciencias naturales. Ello condujo una vez más a la apreciación de la superioridad de unos frente a “los otros”, como más cínicamente lo vendría a mostrar César Lombroso en sus investigaciones narradas en cualquier manual de criminología, pensando haber acreditado que la raza blanca es superior a las restantes y que el sujeto masculino es superior a la mujer, en consecuencia, y a pesar de las contradicciones expuestas en sus escritos, llegó a considerar que el delincuente es inferior al “hombre respetuoso de la ley”. Es evidente que el delincuente es el objeto de estudio de esta naciente criminología etiológica y, dado que los delincuentes son los segregados en la cárcel, y arriban mayoritariamente los miembros de la pobreza, como “clase peligrosa”, su perfil biopsicosocial, constituirá las causas del delito.  A partir de ello el derecho penal subjetivo cambiaría produciendo nuevamente un derecho penal de autor, iniciándose la etapa que continúa hasta nuestros días de las que Zaffaroni denomina ideologías “RE”: resocialización, rehabilitación, readaptación, regeneración reinserción, etc (2013). En razón de ello, los principios alcanzados por el Estado Liberal Guardián que parecían el inicio de un derecho penal de acto, cedieron su lugar por esa naturaleza de las cosas al Estado Liberal Intervencionista: no existe el libre albedrío sino un determinismo; los delincuentes cometen sus actos por deficiencias biológicas, psicológicas y/o sociales; la pena no tiene sentido, en su lugar aparecieron las medidas de seguridad incluidas las pre – delictuales: no esperar a que una persona cometa un delito si ya sabemos que va a delinquir. 

De este modo, únicamente los sujetos verdaderamente libres satisfarían su consideración como seres merecedores de dignidad humana. De ahí que, si sumamos a la filosofía kantiana en su concepción de dignidad con el positivismo filosófico, pueden construirse políticas lo suficientemente totalitarias como de hecho acaeció con el régimen nacional socialista durante la Alemania nazi, que en su ambición y su sentimiento de superioridad, produjo diversas atrocidades durante la Segunda Guerra Mundial, cuyo ícono lo es el Holocausto, esto es, la matanza en masa de la población hebraica que tuvo como primer nombre “crímenes contra la humanidad”, como lo describe Ana-Vera Sullam Calimani (2001), y ante su constatación, iniciarían los tiempos de los derechos humanos justamente con la Declaración Universal. Nunca antes, a pesar de las diversas invasiones y colonizaciones premodernas y modernas, se habló de genocidio pese a que la matanza haya sido superior a la del Holocausto. La razón de ello, arguye Zaffaroni, es que blancos mataron blancos. Ciertamente el poder suele ser caprichoso y para evitar que la historia se repita, a pesar del eterno retorno a lo idéntico, la Declaración Universal afirma que todos somos seres humanos, iniciándose la abolición de la antigua categoría de “razas”, al menos enunciativamente. En efecto, La Declaración Universal al distinguir Dignidad y Libertades, se distancia de la concepción kantiana y puede argüirse que las libertades no son el contenido de la dignidad sino la condición para que la Dignidad Humana se actualice.

Y aún más. A pesar de la violencia bélica desatada en el contexto de la denominada Guerra Fría, imponiéndose además dictaduras en ambos contextos, la segunda mitad del siglo XX vino a acelerar las diversas convenciones y tratados de derechos humanos en todos los rubros y con reglas suficientemente convincentes para minar la exclusión y la violencia que la acompaña.

Sin embargo, toda esta labor legislativa no implica que en las relaciones sociales semejantes políticas legislativas se actualicen. Se piense en la población afroamericana y la migrante de Latinoamérica en la Unión Americana; según reporta Jock Young, justamente en el libro que intitula “La Sociedad excluyente”, de los 2.5 millones de detenidos en las cárceles estadounidenses en el año 2002, 90 % eran negros e hispanoamericanos (2003). Cifras semejantes son reportadas en la Unión Europea, en donde la mayoría de los sujetos encarcelados son africanos y latinoamericanos. Como también puede constatarse, todas las constituciones y leyes secundarias de Occidente, refieren la prohibición de penas previstas en el antiguo régimen, como la tortura, más todas ellas se aplican cotidianamente.

En otros ámbitos, como en el caso de la mujer, diversas formas de violencia en su contra incluidos los feminicidios continúan; respecto a la población infantil, ésta no deja de ser víctima privilegiada de la trata de personas y su tráfico por diversos intereses. La antipsiquiatría surgió en razón de los abusos cometidos en contra de los pacientes. Y así sucesivamente. Como puede apreciarse en la literatura criminológica, buena parte de los casos enunciados son percibidos como acciones de la criminalidad organizada; no obstante,

 como es evidente, lo que hoy descubrimos es que siempre fue así. A este respecto, considérese a la denominada criminalidad organizada, la que hizo eco tanto a los asaltantes de caminos como ulteriormente a la piratería. Sus iniciales análisis en los años 30 del siglo XX en la unión americana desprendieron dos características: en primer lugar, que esta forma de criminalidad es estrictamente racional, sin emotividad o limitación alguna, y semejante racionalidad que guía su comportamiento es la acumulación de capital; y, en segundo lugar, este tipo de criminalidad es organizada en virtud de que miembros del sistema penal forman parte de la misma y de ahí su éxito.

Un caso reciente en México lo evidencia de manera contundente. Me refiero a los 43 estudiantes de Ayotzinapa, secuestrados por la criminalidad organizada local en conjunción con las fuerzas del orden locales y federales, según consta en los informes de los grupos independientes. Es indudable la concreción del delito de desaparición forzada de personas, pero a la fecha las instituciones competentes para conocer del caso, en lugar de su esclarecimiento y persecución de los responsables, coparticipan en el ocultamiento de los hechos en los cuales también participaron.

Por otra parte, puede apreciarse que existen diferencias entre nuestra región y el Norte del planeta, especialmente la Unión Americana y la Unión Europea. Tales diferencias no se circunscriben al número de delitos y su impunidad pues los datos se evidencian homogéneos, pero cualitativamente está claro que en Latinoamérica la violencia se recrudece en comparación con el Norte citado. No obstante, como en todos los casos o temas, existe una distribución mundial. En este sentido, es posible acreditar que en los países latinoamericanos existe una mayor violación de derechos humanos que en la Unión Europea, por ejemplo; empero, las víctimas de tales violaciones en Europa son no sólo extracomunitarios, sino migrantes latinoamericanos y africanos. A este respecto, podría decirse, siguiendo la tarea que nos impuso Walter Benjamin tanto en “Para la crítica de la violencia” como en “Destino y carácter”, relativa a indagar el origen de la sacralidad de la vida, tarea que fue realizada por Giorgio Agamben en su “Homo Sacer”, que las víctimas de semejantes violaciones son vistos como personas cuya vida no tiene valor alguno, como lo hiciera el régimen nazi en contra de los calificados como diferentes, entonces, formadores de la otredad (2009). Como puede apreciarse, el gran tema que engloba la problemática de la violación de derechos humanos lo es la exclusión en sus diversas manifestaciones y la violencia que la acompaña igualmente en múltiples presentaciones como es el caso de la violencia estructural.

La exclusión aparece desde el inicio del sapiens al contactar a otro sapiens calificándolo como inferior; se piense a este respecto en las antiguas Grecia y Roma, que calificaron a los otros pueblos como bárbaros que significaba en ese origen tartamudos o balbuceantes, cuestión que coincide en Mesoamérica cuando los pueblos Nahuas calificaban a los restantes pueblos (de otras lenguas), como popolacas que significa igualmente tartamudos o balbuceantes (1992). Quizás una buena interpretación de este inicio la desarrolla Octavio Paz al señalar: “Toda sociedad se erige en un nombre, verdadera piedra de fundación; y en cada nombre la sociedad no sólo se define, sino que se diferencian de las otras. El nombre divide al mundo en dos: cristianos – paganos; musulmanes – infieles; civilizados – bárbaros, toltecas – chichimecas; nosotros - ellos” (1974. Pág. 39).

De lo anterior puede inferirse que la exclusión que evaluamos siempre en forma negativa, ha sido consecuencia irremediable de la búsqueda y constitución de identidades, lo cual siempre evaluamos de manera positiva. Sólo podría conjurarse esta problematicidad si en el ámbito de la política se apela a un universal y éste no puede ser otro que la Dignidad Humana, es decir, no basta con el reconocimiento de la otredad sino de aceptar que ese otro tiene los mismos derechos que tengo yo.

 Mas en el contexto de toda identidad también viene a desarrollarse la exclusión y precisamente con la génesis del Estado que se inicia precisamente con la unanimidad de la violencia de los individuos, familias y grupos que integran la comunidad en contra de uno; me refiero, en efecto a la primera violencia que ha sido calificada como sagrada, el sacrificio, el cual se constituye como la variable independiente de la transición de una sociedad sin Estado a una estatalmente organizada, como ha demostrado René Girard (1980), esto es, cuando los representantes de la sociedad tienen poder sobre sus miembros, por endeble que semejante poder haya sido en su inicio.

Ciertamente el sacrificio representa la primera forma de exclusión al interior de una cultura, esto es, destinar a la muerte a uno de sus miembros. Pero, sucede igualmente con la segunda violencia sagrada, el ostracismo, la que la tradición latina hereda bajo el rubro de sacralidad de la vida, representa igualmente destinar a la muerte a una persona. Las dilucidaciones aristotélicas a este respecto, según reportan Louis Gernet (1983) y Jean Pierre Vernant (1976), indican que, mientras el sacrificio se verificaba en contra de los estratos mas bajos de la sociedad, como el caso del pharmakos, en especial el contrahecho por la naturaleza, el ostracismo se verificaba en contra de quien se encontrara por encima de la sociedad. En ambos casos la noble mentira estará presente, conjuntamente con la unanimidad de la violencia, quizás más evidente en el caso del sacrificio: dar a los dioses la vida de una persona para que éstos conjuren toda penuria social (la función manifiesta), pero en realidad, como demuestra Girard (1980), la muerte de uno trae como consecuencia la reducción de la violencia recíproca entre los miembros de la sociedad, en efecto, la función latente.

En el desarrollo cultural, todas estas formas de violencia vendrán a mutar como castigo penal y en la actualidad sus ritualidades las asume el sistema de justicia penal, de ahí que los estratos inferiores sea su clientela preferida, la que se desprende a partir de la economía política del castigo, como inicialmente lo acreditase Georg Rusche y Otto Kirchheimer (1984).

 

 3 Del liberalismo al neoliberalismo

 

Como está suficientemente acreditado, la transformación de las condiciones de existencia han obedecido a los avances de la ciencia y de la tecnología, como fueron los casos del abandono de la Edad Media y su tránsito hacia el Renacimiento europeo en razón de los avances de la astronomía la que posibilitó consolidar al capitalismo en su etapa inicial conocida como mercantilismo; posteriormente la invención de la máquina de vapor haría madurar dicho capitalismo como industrial y luego de las primera y segunda guerras mundiales, en razón de las telecomunicaciones y el acelerado proceso tecnológico que se evidencia en la nanotecnología, la robótica y el chip, semejante capitalismo madurará como avanzado o tardío. Es evidente que la primera variable que interviene en tales avances lo ha sido la economía, la que vendrá a consolidar en cada etapa a la originaria burguesía.

A su vez, estos tiempos, que son los tiempos de los derechos humanos en su legislación internacional, fueron también los tiempos de la Guerra Fría que enfrentaban dos opciones económicas: el capitalismo avanzado y la propuesta socialista. Como es ya evidente el capitalismo avanzado vendrá a triunfar y exigirá su implantación mundial y de ahí el rubro de la “Aldea global”. Más para ello, es necesario que se fragüe en un renovado contexto político, esto es, una nueva noble mentira: el neoliberalismo, pues esa política derivará de la autoridad y no de la verdad, pero cautivará a todos.  

El neoliberalismo hará eco al liberalismo que trajo consigo la Modernidad pero de manera mundial, esto es, dejar el comando social en el privado de manera global y es por ello que el principio que lo rige sea: “Que circule libremente por la Aldea global la mercancía y el capital, pero no la mano de obra”. Lo anterior traerá como consecuencia la minimización del Estado privatizándose aquellos antiguos campos del bienestar social a través del rubro de concesiones y que va de las guarderías para la infancia a la explotación de minerales y demás recursos, antiguamente patrimonio de la nación. De este modo, libres mercados y sus tratados, la competitividad y las licitaciones, han dado lugar, conjuntamente con los préstamos de instancias internacionales, a un nuevo colonialismo hacia el Sur sin necesidad de invasiones militares, en efecto los tiempos del totalitarismo financiero en el cual las firmas mandan y los políticos obedecen recibiendo las prestaciones necesarias para pervivir.

Si a lo anterior se suma lo que Münkler Herfried (2005) denomina la privatización social de la violencia, la que se evidencia en la venta ilegal de armas en diversos contextos económicamente deprimidos, se entienden los múltiples casos de desplazamiento de personas en donde la violencia impera como también el fenómeno migratorio a pesar de la mortandad que en ambos casos se verifica. De esta manera los fabricantes de armas y sus traficantes ilegales, se enriquecen a costa de la pobreza y la muerte de personas, las que evidentemente son apreciadas como personas cuya vida no tiene valor alguno, ícono de la sacralidad de la vida como del sacrificio. 

En efecto, como señala Daniel Herrendorf, “Nada está asegurado: regresa el neonazismo en pleno tercer milenio, progresa la caza de negros y migrantes en Europa y en los Estados Unidos, crece el hambre, las invasiones, las guerras, el deterioro del medio ambiente y el analfabetismo, la pobreza moral, el hundimiento ético, el tráfico de armas y de drogas, la industria de la guerra y las industrias de la reconstrucción de lo destruido, y estamos perdidos de nuevo” (2013).

Ciertamente, estos son los tiempos que he calificado como tiempos de los derechos humanos, pero únicamente en el campo legislativo, semejan esa noble mentira que ha sido capaz de cautivar a todos más no se concretan o actualizan en la realidad. Todo indica, como afirma Umberto Galimberti (2002), que nos encontramos en la Edad de la Técnica que se rige por el falaz principio: “Se debe hacer todo lo que se puede hacer” construyéndose un mundo insensato, esto es, sin sentido. Muy semejante, en consecuencia, a las estrategias sugeridas por Carl Von Clausewits (2017), respecto de la guerra, actuar sin miramientos, sin economía de sangre, así le imponemos la ley al otro. El mismo Sigmund Freud lo evidenciaba en su “¿Por qué la guerra? (2001), el ser humano protege su propia vida matando a otros, claro que, si el vencido puede serle útil para trabajos diversos, entonces lo subyugará.

Es posible que por ello, estos sean los tiempos de indigencia que recuerda José Luis Ontiveros, y que van produciendo un nuevo bárbaro quien, en su apreciación, es la … “del surgimiento de un intelectual distinto al del "arte por el arte", y diferente, tambie?n, del intelectual misionero y proselitista. Ese intelectual que no cree en el Estado, que permanece al mismo tiempo independiente de la sociedad civil, es por principio un ba?rbaro” (1990, Pág. 4).  

“En la historia y en el arte no hay progreso”, prólogo general al Tratado Internacional de Derechos Humanos de Daniel Herrendorf, o si el progreso existe en este mundo insensato, representa el contenido de la tesis IX de filosofía de la historia de Walter Benjamin:

            “Hay un cuadro de Klee que se intitula el Angelus Novus. Se representa a un ángel que parece estar en acto de alejarse de algo sobre el cual fija su mirada. Tiene los ojos desmesuradamente abiertos, la boca abierta, las alas extendidas. El ángel de la historia debe tener este aspecto. Tiene el rostro viendo al pasado. Donde aparece una cadena de eventos, él ve una sola catástrofe, que acumula ruina sobre ruina que las tira a sus pies. El querría bien detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero una tempestad sopla desde el paraíso que se ha enredado en sus alas, y es así de fuerte que el ángel no puede cerrarlas. Esta tempestad lo empuja irresistiblemente hacia el futuro, al cual le da las espaldas, mientras el cúmulo de las ruinas sube delante de él hacia el cielo. Aquello que llamamos progreso, es esta tempestad” (1995. Pág. 80).

  

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05/05/2022

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