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La guerra de Vladimir Putin no es contra Ucrania, es contra todo el mundo

LA BARBARIE DE ESTE PASO DEJA DUDAS SOBRE HASTA DÓNDE MOSCÚ PRETENDE LLEGAR PERO QUÉ GANANCIA BUSCA OBTENER

Vladimir Putin volvió a sorprender al mundo y pateó el tablero con una impactante dosis de barbarie regresando la historia a los peores capítulos del siglo pasado. El ataque en toda la línea a Ucrania era la última posibilidad en los areneros de los analistas.

Se suponía que en este juego de ajedrez, el líder del Kremlin utilizaría la presión sobre las provincias ucranianas prorrusas cuya independencia acaba de reconocer, como un ariete para correr la línea de sus demandas sobre Occidente.

A partir de este momento, con una ofensiva militar de semejante magnitud, todos los puentes diplomáticos han caído y solo puede esperarse la sumisión de Ucrania cuyas fuerzas son infinitamente menores que las de su enemigo.

Estados Unidos y sus aliados europeos, cuando este desenlace aparecía solo como un extremo lejano de suceder, habían aclarado que no intervendrían con soldados en tierra en Ucrania.

La razón pública es que ese país no pertenece a la OTAN y no le cabe el articulado que obliga a que cualquier ataque a un miembro sea considerado contra el conjunto. No es claro si esas objeciones se mantendrán ahora. Pero la razón oculta es que los electorados en Europa central y especialmente en EE.UU, rechazan un involucramiento propio en estos litigios lejanos.

Por lo demás, la capacidad occidental para detener la acción rusa es limitada. Es básico que se multiplicarán las sanciones contra Moscú y que habrá un formidable golpe económico sobre Moscú, pero su efecto no será inmediato.

El Kremlin, si bien cuenta con un PBI modesto, menor al de Brasil, suma reservas de más de 600 mil millones de dólares, uno de los mayores depósitos de divisas en el mundo y un resguardo para este tipo de crisis.

Además la Federación rusa tiene experiencia en sobrevivir a sanciones, ejercicio aprendido desde la lluvia que ha venido recibiendo a partir de la anexión de la península ucraniana de Crimea en 2014, cuando una crisis similar casi genera un conflicto bélico abierto como el actual.

El temor a una tercera guerra mundial es difuso. Putin ha revoleado ese peligro incluso nuclear en varias conferencias de prensa, incluida la que hace anualmente y en la cual protestó por la amenaza a su seguridad que implica la presencia de la OTAN en los países de Europa del Este o por la alternativa de que Kiev se sume a esa Alianza.

Llegó a sostener que si Ucrania pasa a ser un socio de esa estructura occidental de Defensa, existiría el riesgo de que el gobierno local intente retomar Crimea y recuperar el control de las regiones separatistas que desde 2015 mantienen autoridades prorrusas. Mentó en aquel momento y en dos oportunidades el riesgo de una deriva nuclear. No son solo palabras. Rusia es una de las mayores potencias atómicas de la era a niveles paralelos con Estados Unidos y China.

La incógnita sobre si este avance militar es el primer paso de un giro geopolítico de mayor magnitud, es un eje de preocupación inmediata entre todos los gobiernos occidentales y de buena parte de Asia. En su discurso público del lunes, cuando Putin anunció el reconocimiento de la independencia de las “repúblicas” de Lugansk y Donetsk en la región minera de Donbás, cargó sorprendentemente contra las figuras centrales de la Unión Soviética, incluido el intocable Lenin.

La visión histórica que el líder del Kremlin esgrimió reivindicaba más bien al antiguo imperio ruso. Es posible que esa nostalgia imperialista y reaccionaria por un pasado zarista, intoxique las movidas del régimen. Pero es difícil descartar que este mesianismo y sus resultados no repercuta negativamente entre sus aliados internos, los oligarcas que lo han respaldado, los bancos propios, los empresarios.

Rusia es un país capitalista y este tipo de acciones se miden por las ganancias, no por las pérdidas. Lo que no queda claro es, al fin del día, qué logrará Moscú con este desafío al mundo, salvo un aislamiento internacional que incluso puede generarle una cuña grave en su vínculo central con China. Un costo formidable inmediato es la suspensión del gigantesco gasoducto Nord Stream 2 construido con Alemania.

Rusia obtiene algo más del 15% de su Producto Bruto Interno de las ventas de gas y de petróleo. Sus principales clientes son ahora sus enemigos: los países de Europa Central. Parte de ese fluido pasa justamente por Ucrania. 

Por el lado de China, los diplomáticos de esa potencia han venido jugando un delicado equilibrio para no cuestionar al Kremlin pero tampoco, por sus propias necesidades estratégicas, aparecer a favor de la ruptura de la integridad de las naciones.

?El embajador chino en la ONU, Zhang Jun, durante la audiencia sobre Ucrania del miércoles, marcó la necesidad del dialogo como solución, pero alzó como requisito la defensa de la soberanía nacional y la carta de la ONU, un documento que prohíbe precisamente acciones como las que ha tomado Moscú.

China tiene sus propios separatistas en Xinjiang y es difícil comprender, por otra parte, en qué le serviría esta estocada bárbara de su socio ruso sobre Ucrania en el litigio que mantiene por la soberanía de Taiwan.

El balance arroja resultados complejos. En principio un escenario complicado para el eje Beijing-Moscú que hasta hace pocas horas no admitía riesgos. También anota una unidad prácticamente sin fisuras de la parte occidental, el fortalecimiento de la OTAN y la recuperación del liderazgo global que demandaba EE.UU. Putin lo hizo echando el reloj hacia atrás.

Replicado del diario Clarín de Buenos Aires; escrita por Marcelo Cantelmi

por IIDH

25/02/2022

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